“Auscultando el silencio” es una sección que pretende adentrarse en la vida de todas aquellas personas que, por su calidad humana, por su experiencia, por su relevancia social o laboral o simplemente por su personalidad, tengan algo que merezca la pena conocer. Y casi todas lo tienen…
No he necesitado salir de mi entorno laboral para bucear en la vida de: Elena Mateo Resino.
“La enfermera por antonomasia”
Decía "Rousseau" que siempre es más importante tener el respeto que la admiración de los demás. Si consigues ambas cosas, rozas la excelencia vital. Elena es, aparentemente, una compañera más de trabajo, pero no vale la pena transitar por la vida si no eres capaz de percibir más allá de lo que ves: Elena es, además, experiencia, educación, prudencia y humildad, y eso en una profesión como enfermería es empatizar casi sin querer con quienes te rodean.
Elena reacciona con una mezcla de vergüenza sincera y orgullo contenido cuando le comento la posibilidad de hacerle una entrevista. Intenta evitarlo y se dispone a sugerirme a unas cuantas personas de su entorno que cree mucho más merecedoras y con una vida más interesante que la suya. Después de algunas insinuaciones sin concretar, por fin encuentro un rato para abordarla. Se sienta en un rincón de una sala cercana al quirófano, su entorno natural, su trabajo, y se pone cómoda con cierta pose de curiosidad. Cuando, bolígrafo en mano, me siento un rato a su lado, me doy cuenta de la naturalidad con la que se expresa, de la melancolía paladeada con la que desgrana su vida, de la fluidez con la que los recuerdos llegan a su boca.
Una vida que comienza hace más de 50 años en Madrid (en realidad mi pudor me ha impedido conocer su fecha exacta de nacimiento). A pesar de ser hija única, no se considera especialmente mimada, aunque sí protegida por sus padres.
Inicia sus estudios en el “Colegio Hispano-Francés”, perteneciente a la Sagrada Familia. Guarda un recuerdo cariñoso de las religiosas a pesar de su férrea disciplina. Poco después se incorpora al colegio Nuestra Sra. de las Maravillas,
un colegio mixto, algo insospechado en aquella época, y según comenta con una amplia sonrisa,
“abrí los ojos a la vida, fue el mejor año, pero suspendí hasta el recreo”Mientras tanto sus padres mantenían la filosofía de “a las diez en casa”, aunque casi siempre con cierta flexibilidad y tolerancia hacia los caprichos de Elena, no demasiados.

Pronto despierta su vocación hacia las ciencias de la salud, medicina en concreto, pero el excesivo número de años de dicha carrera le hizo desistir enseguida.
Poco después se presenta a “azafata de vuelo”, donde tras pasar algunas pruebas es rechazada en la entrevista personal. Es entonces cuando decide comenzar la carrera de enfermería, en la “Clínica de la Concepción”.
“No había ni un solo chico matriculado”, comenta asombrada, como si al recordarlo le pareciese inconcebible.
"Todos los profesores eran médicos de ese hospital", dice ya más relajada y deshojando a gusto su vida.
Eso tendría lugar entre los años 1976 y 1979.
“Recuerdo que antes de empezar la carrera, nos llevaban un mes de prácticas al hospital. Trabajábamos gratis, por eso lo hacían, aunque la teoría, la excusa oficial,era que así sabíamos si esa carrera nos gustaría o no. Nos hartábamos de hacer camas y colaborar con las auxiliares, y no éramos ni siquiera estudiantes”.
Se le atragantó alguna asignatura, como la anatomía, pero en tercer curso se sorprendió ella misma recordando algunas matrículas que formarían parte de su expediente para siempre.
De esa época, como casi todos los que hemos vivido esa experiencia, fue una autopsia en directo lo que le dejó un recuerdo más desagradable e impresionante.
“Teníamos además un examen final, y encima era oral, versaba sobre toda la carrera y cualquier tipo de pregunta era posible. Fue horrible y estresante”.
Nada más acabar la carrera, firma un contrato por los tres meses de verano. Elena me hace notar que las oscilaciones de puestos de trabajo para enfermería siempre han sido cíclicas: se pasaba, como ahora, de una gran demanda a una situación de déficit de empleo angustiosa, y eso no ha cambiado en los últimos 30 años.
”Nunca he entendido el motivo”. Reconoce, sin embargo, que no tuvo demasiadas dificultades en encontrar trabajo.
“Entré entonces en el “Hospital Alemán” (ahora “Ruber Internacional”), y todavía recuerdo el carácter y la apariencia física de la directora, una mujer alemana impresionante y sobria de trato”.Allí le hicieron un contrato fijo y permaneció durante un año.
Decide entonces casarse con su tercer novio,
“no he tenido mas que tres, ¿eh?” dice entre risas. A los 23 años, además de casarse, renuncia a su contrato, a su trabajo y, en cierto modo, a una parte de su vida, para seguir a su marido, marino mercante, en un superpetrolero de unas 40 plazas en un crucero de, aproximadamente, dos meses.
“Salíamos de Tarragona y dábamos una vuelta enorme, porque ese barco tan gigantesco no cabía por el canal de Suez”, recuerda con los ojos algo perdidos ya en el recuerdo. Pasábamos por Irán, pero no recuerdo mucho de aquellos lugares remotos. Habíamos alquilado una casa en Madrid, y de vez en cuando íbamos por allí.
Se queda embarazada y su marido se traslada, de nuevo por motivos de trabajo, a Cádiz, encargado de labores relacionadas con la construcción de un barco, y ella permanece en Madrid con la vivienda ya en propiedad para ocuparse de su hija.

Vuelve al mercado laboral ingresando en el “Hospital Humana”, propiedad de una empresa americana. A los 6 meses de nuevo su pareja se desplaza a Santander, donde alquilan un piso para vivir allí una temporada. Lo recuerda como un año agradable, con amigos encantadores e incluso recibiendo clases de tenis. Corría el año 1982.
A partir de ese momento tiene a sus dos hijos, Elena y Alejandro. De vez en cuando se acuerda de algún otro sitio por donde ejerció, como Banco de Sangre y algunos trabajos también como Auxiliar, y me lo comenta algo agobiada, como si le diese rabia olvidar tanto periplo profesional. Mientras me cuenta los incesantes viajes y traslados profesionales de su marido, me mira a los ojos y ni siquiera necesito preguntárselo:
“Sí, he criado sola a mis hijos”, pero su tono es seguro y no se atisba ni un resquicio para el reproche en sus palabras. Esa soledad que te hace fuerte, que te enseña a quererte. Recuerdo ahora una canción de Milanes: “La soledad es un pájaro grande multicolor, que ya no tiene alas para volar, y cada nuevo intento da más dolor”.
Adora a sus hijos, pero eso no le ha hecho sobreprotegerles, aunque reconoce estar al límite en algunas ocasiones.
Poco después y a través de una amiga, entra en Atención Primaria, trabajando los meses de verano, como una contratada más
.”En esa época conocí a un urólogo encantador, que me recomendó para entrar en la “Clínica la Luz”.Él operaba privado allí”.
Recuerda entre risas como mientras cenaba con su marido le llamaron para incorporarse en media hora. Salió disparada y, durante diez años, entre 1987 y 1997 trabajo con un contrato fijo en la UVI de cardiología, y en hospitalización.
Otra llamada inesperada le ofrece ser la Directora de Enfermería el “Hospital Carlos III”, cargo que ejerció durante 6 meses. En este punto se entristece recordándolo como los peores años de su carrera profesional, lleno de exigencias, de dificultades y de incomprensión por parte de casi todos los que le rodeaban.
"Había mas de 3 ó 4 relaciones contractuales diferentes: laborales, estatutarios, funcionarios, y unos sindicatos terribles y avasalladores".
Al cambiar la gerencia y por ese absurdo efecto dominó, cambia también su cargo y se convierte en Supervisora de Quirófano, Reanimación y Esterilización, cargo que ostentó entre el año 1998 y el 2004. Decide entonces presentarse a las oposiciones del Hospital de Fuenlabrada, ayudada por un compañero de trabajo que
“me echó los papeles casi a mis espaldas. ¿Qué pinto yo en Fuenlabrada?, le decía yo…”. Después de pasar todas las fases entra en quirófano, donde trabaja hasta la fecha.
Elena es enfermera de cirugía. Elena es serena, educada, buena compañera y sobre todo, emocionalmente estable y equilibrada. No necesita liderar nada para que su opinión sea respetada. Explica lo que sabe y pregunta lo que ignora, su amplia experiencia le hace transitar con seguridad y con humildad por el quirófano, y es capaz de manejar una compleja máquina de cirugía para quimioterapia intraoperatoria o huir como de la peste de un simple tornillo de traumatología, pero todo con nobleza y normalidad.
“Esta profesión en algunas cosas no ha cambiado nada. Los problemas para un jefe son los mismos que hace 30 años, las bajas, las sustituciones, y no equivocarse con las nóminas”. Tiene una relación de amor-odio con los ordenadores. Se adapta si lo necesita para su trabajo, busca información en Internet, pero no le emociona demasiado su presencia.
Elena, cuando me habla de su profesión, me insiste en que lo más importante es la sensación de que se ha perdido el trato humano.
“Realmente la sociedad no sabe lo que hace una enfermera. Pasaba antes y pasa ahora, pero encima la tecnología mal interpretada ha hecho que tengamos mucha menos relación con el paciente y más con el ordenador. Eso es un error”.
Comenta con un gesto pícaro que tampoco han cambiado
“los amoríos dentro del hospital entre las diferentes categorías. Son muchas horas juntos. Eso ni ha cambiado ni cambiará nunca”.
Lo dice una mujer atractiva, presumida y femenina. Algo entenderá de eso.
Está además perfectamente informada de la situación actual, ya que Elena tiene relevo. Elena, su hija, ha seguido sus pasos, a pesar del intento frustrado que hizo de alejarla de la profesión, al menos de asegurarse que de verdad era vocacional y no una mera imitación de su madre
:”recuerdo que la llevé a uno de los sitios más duros de mi hospital: a la planta de infecciosos. No sólo no le impresionó sino que salió encantada y diciéndome que todo eso era lo que quería”Lamenta las pocas oposiciones que había antes, y se arrepiente sólo de los años que trabajó en la sanidad privada.
Se ríe con desprecio de eso que llaman “la conciliación de la vida familiar y laboral”.
“No se nos ayuda nada. La mujer que trabaja las pasa canutas siempre, sobre todo si no tienes ayuda familiar”Elena es la demostración palpable de que Dios, si existe, a veces hace las cosas bien, muy bien.
No importa si sigo en esta profesión o no, ni siquiera si me gusta. Lo que importa al final son las personas que te dejan huella. Elena dibuja un dulce trazo en la memoria de los que le rodean. ¡Y yo soy uno de ellos! ¡Tengo suerte!
Gracias, Elena…